CERTEZA

– CERTEZA: f. Conocimiento seguro, claro y evidente de alguna cosa.

– CERTEZA: Filosofía. La verdad propiamente sabida se constituye como cierta, y el estado que en nosotros produce se denomina certeza. La certeza consiste en el conocimiento de la verdad de nuestros conocimientos o en tener conciencia de la verdad. La verdad de la verdad (saber el qué y el por qué); tal parece ser la certeza como verdad reflexiva; podríamos, pues, expresar algebraicamente esta idea diciendo que la certeza es la verdad elevada al cuadrado. Suele definirse la certeza como la adhesión a la verdad sin mezcla de duda, imposibilidad de dudar, lo opuesto a lo que no es pensable, inconcebible de lo contrario o postulado universal, como dice Spencer, cuyas definiciones son todas negativas y formuladas por relación a la duda, cuando la certeza es un estado definitivo de la inteligencia, acompañada, dada la racionalidad y simplicidad del alma, de cierto placer y bienestar del sentimiento y de una firme adhesión de la voluntad. También se define la certeza como verdad demostrada, definición que no abraza todo lo definido (Véase Bain, Logique deductive et inductive), pues según ella, nos veríamos obligados a estimar como dudosas todas las verdades mostrativas o intuitivas (lo mismo empíricas que racionales) que son ciertas por sí mismas y sirven de base a toda demostración, como, por ejemplo, los hechos percibidos directamente y los principios racionales. Unos y otros, como los conocimientos demostrados, son ciertos y adquieren legitimidad científica en cuanto conocemos, mediante la reflexión, su verdad, exigiéndose, por tanto, para la existencia de la certeza el conocimiento del conocimiento de la verdad, el reconocimiento o la reflexión.

El que conoce necesita dar testimonio de la certeza, como cualidad de la verdad científica, en cuyo sentido es sujetiva la certeza; pero los fundamentos en que tal cualidad se apoya son objetivos, pues el conocimiento se forma siempre en supuesto de lo conocido o, en otros términos, la certeza tiene un carácter objetivo-subjetivo. Es, pues, inadmisible la división de la certeza en sujetiva y objetiva. Si el estado a que se refiere la certeza sujetiva ha de ser tal, será porque el sujeto reciba y sepa la razón, el por qué de lo que afirma; y, por lo tanto, se necesitará siempre que todo estado sujetivo de certeza se apoye en un principio real, en una razón objetiva. La certeza tiene su base en la conciencia (V. DUDA, ESCEPTICISMO, PROBABILIDAD, VERDAD); si tiene distintas especies hasta llegar al máximum en lo denominado evidencia son, sin embargo, iguales entre sí y de igual valor, descansando todas en la misma base. La evidencia de las verdades matemáticas es distinta de la evidencia de las verdades morales, pero no superior (V. L. Robert, De la certitude, y Joly, Logique). Y es base de toda certeza la conciencia racional (V. MÉTODO), porque es la que se sale del principio de unidad para comparar la representación con la realidad de lo representado o de la continuidad del conocimiento con la realidad de lo conocido, que es a lo que se refiere la verdad de los conocimientos, sea la que quiera su esfera y contenido. No hay posibilidad, pues, de dividir, y aun separar, como pretende Balmes, las esferas de la certeza haciendo de ella cuatro clases; metafísica, física, moral y de sentido común, porque todas ellas serán o no legítimas con independencia de los asuntos a que se refieran si son probados bajo la unidad del conocimiento que atestigua la conciencia. Así es que en la certeza no se reconocen grados, no cabe el más ni el menos; o existe completa o no existe, pues es un estado que no admite clases ni variedad de modos. La división indicada será aplicable a las clases de verdades de que podemos estar ciertos, pero el fundamento de la certeza será siempre el mismo: la conciencia.

Aparte la realidad psicológica del estado de certeza, percibido directamente como distinto de los estados de probabilidad y duda, el problema de la certeza, que es el mismo de la verdad, es problema lógico y metafísico indivisamente, y al sentido doctrinal del método y al concepto de la verdad debe ser referida su posible solución. Los que niegan la existencia de la certeza en el pensamiento humano, los escépticos, si son absolutos, si niegan en redondo la certeza, formulan un juicio absolutamente cierto (siquiera sea negativo) de la inteligencia, de cuyas facultades desconfían para hallar la verdad, y a cuyo auxilio recurren para negar la inteligencia misma. Es, por tanto, valedero contra ellos el conocido dilema de San Agustín: Aut seis, aut nescis; si scis aliquid scis; si nescis, scis nescire, ergo aliquid scis. No existe, en efecto, escepticismo absoluto o dogmático (el de Pirrón), sino el escepticismo crítico desde el tiempo de Kant, que llama a juicio las facultades intelectuales, escepticismo que Goethe denomina activo, porque trabaja para que cada uno venza su pereza. Y este escepticismo, a pesar de ser parcial y, por tanto, contradictorio, ha servido con la duda crítica de acicate e instrumento de progreso del pensamiento humano que, ahondando cada vez más en el examen de los métodos intuitivos y de los procedimientos empíricos, pone su empeño en hallar un principio de unidad en la relación del conocimiento que autorice la comparación de la representación con la realidad de lo representado. Comprobar o verificar todos nuestros conocimientos mediante el acuerdo de la especulación con la experiencia, o reconocer la índole empírico-ideal de todos nuestros conocimientos parece ser la exigencia lógico-metafísica más acentuada de que depende la certeza de todas nuestras percepciones, sean de la índole que quiera.

La certeza es el conocimiento claro y seguro de algo. Quien tiene una certeza está convencido de que sabe algo sin posibilidad de equivocarse, aunque la certeza no implica veracidad o exactitud. Esto quiere decir que una persona puede afirmar que tiene una certeza y, sin embargo, la información que maneja es falsa o errónea.

Por ejemplo: “No puedo darte la certeza, pero creo que el mes que viene podremos comprar el coche nuevo”, “Carla me dio la certeza de que mañana traerá el dinero”, “Tengo la certeza de que no me estoy equivocando”.

Puede afirmarse que la certeza es la posesión de una verdad que se corresponde con el conocimiento perfecto. La conciencia de una certeza permite afirmar este conocimiento sin temor de duda y con confianza plena en la validez de la información.

La certeza, por lo tanto, se basa en una evidencia, o en lo que el sujeto toma como una evidencia de carácter irrefutable. Lo evidente del conocimiento posibilita la afirmación y la posesión de la verdad.

A lo largo de la Historia muchos son los estudiosos, filósofos y pensadores en general que han abordado la certeza en sí y también su similitud o su diferenciación respecto a lo que sería opinión. Entre aquellos se encuentran, por ejemplo, clásicos de la filosofía griega como Aristóteles y Platón que basaron sus ideas en pilares tales como el conocimiento, el entendimiento, la experiencia y los sentidos.

Por supuesto, tampoco habría que pasar por alto el papel que jugó el francés René Descartes, el padre de la filosofía moderna, en el análisis del término que nos ocupa. En su caso, él dio un giro a las ideas que se habían concebido al respecto hasta el momento y vino a dejar patente que la certeza no estaba basada en el conocimiento, como se había venido explicando, sino más bien en la conciencia que se tiene de que un hecho concreto es verdad.

Kant, Russell, Karl Kopper o Gödel fueron otros de los autores que también analizaron a fondo la veracidad trayendo consigo la contraposición de todo tipo de teorías acerca de la esencia, los pilares y los resultados que trae consigo aquella.

El concepto contrario a la certeza es la ignorancia: si se desconoce algo, no se puede tener ninguna certeza. El grado medio de conocimiento entre la certeza y la ignorancia es la duda (el sujeto cree que el conocimiento puede ser veraz pero no está en condiciones de afirmarlo).

La duda, por lo tanto, tiene lugar cuando existe una insuficiencia del conocimiento para tener la confianza sobre su certeza. El conocimiento, en definitiva, aparece como imperfecto y la persona no posee confianza absoluta en la verdad de sus proposiciones.

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